martes, 30 de junio de 2015

Era un día de democracia. Hacía calor creo. Estaba sola en casa. Era una niña pero ya no pequeña. La televisión dijo Estado de Sitio. La televisión mostró hombres vestidos de militares con sus caras pintadas. La televisión dijo Estado de Sitio. No había internet, no sé me ocurrió llamar a nadie. Agarré mi bicicleta y fui a la biblioteca pública más cercana.
El bibliotecario que me conocía me dio un libro. Constitución, decía, y buscó una parte donde se definía qué era eso que la televisión anunciaba. Un presidente en democracia puede… “en caso de perturbación o desorden”. Estado de sitio es una excepción, la suspensión de las reglas, el fin, la suspensión del derecho. Fue la primera vez que vi y supe de ese  librito, constitución.

Las manos me temblaban frente a la certeza de que se trataba de una excepción ponderable el que los militares se sublevaran. Estaba escrito. Podía suceder. Recuerdo el lugar exacto donde leí esas frases al costado de una larga fila de enciclopedias que nadie consultaba. Sentí parecido a la vulnerabilidad. Entendí algo acerca de la democracia. Dejaba la infancia.

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