Era un día de
democracia. Hacía calor creo. Estaba sola en casa. Era una niña pero ya no
pequeña. La televisión dijo Estado de Sitio. La televisión mostró hombres
vestidos de militares con sus caras pintadas. La televisión dijo Estado de
Sitio. No había internet, no sé me ocurrió llamar a nadie. Agarré mi bicicleta
y fui a la biblioteca pública más cercana.
El
bibliotecario que me conocía me dio un libro. Constitución, decía, y buscó una
parte donde se definía qué era eso que la televisión anunciaba. Un presidente
en democracia puede… “en caso de perturbación o desorden”. Estado de sitio es
una excepción, la suspensión de las reglas, el fin, la suspensión del derecho. Fue la
primera vez que vi y supe de ese
librito, constitución.
Las manos me
temblaban frente a la certeza de que se trataba de una excepción ponderable el que
los militares se sublevaran. Estaba escrito. Podía suceder. Recuerdo el lugar
exacto donde leí esas frases al costado de una larga fila de enciclopedias que
nadie consultaba. Sentí parecido a la vulnerabilidad. Entendí algo acerca de la
democracia. Dejaba la infancia.
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