Arrumbado, en un rincón del
cuarto, desordenado como está el recinto, nadie nota al cuadernito de tapas
amarillas, que parece pedir a gritos ser rescatado, leído. Cómo la habitación
es un reguero de ropa y libros, papeles de toda índole, sobre todo impuestos
sin pagar y cartas de intimidación del inquilinato, nadie nota al cuadernito.
Tuvo que arder otra casa, darse
una mudanza a los apurones, de la casa bonita a esta otra, en las afueras de la
ciudad para que Magdalena se dispusiera, más allá de la afección que le corta
la respiración y le trae palpitaciones, a ordenar aquella casita, de tres
ambientes. Dos cuartitos, una sala un cocina pequeña y un baño. Todos tomaban
mate y hablaban en la sala. Ella se fue yendo de a poco al cuarto, disimulando
su intención doméstica, tan mal vista entre artistas y bohemios, de limpiar,
asear, doblar, baldear, repasar o lo que fuera, cada uno de aquellos espacios.
Al fin al cabo era la única que
venía con un niño, el resto eran adultos, o sus edades lo estipulaban de ese modo.
Más de treinta, y hasta más de cuarenta. Los dos habitantes originales de la
casa, y su compañero, como solían decir al nombrarse.
Sí, todos adultos, salvo el niño,
todos varones, salvo ella. Hora de asumir el género, se dijo irónicamente,
pensando en las jornadas de debate, en las discusiones y peleas, en las marchas
y los volantes. Pensando también en aquellas lecturas de la facultad que
parecían haber quedado atrás tan atrás en el tiempo, como las faldas ceñidas de
talles minúsculos que usaba y esas botas verdes de gamuza que mandó a arreglar
varias veces. Al cuarto de al lado ahora, primero despacio, disimulando, luego
decidida, apilando, levantando del piso, separando lo que aparentaba suciedad y
lo que parecía estar limpio. Papeles por orden, por tema o por tamaño. Así mientras al lado se hablaba de política y
su niño jugaba con un camioncito ella ordenaba, apilaba, separaba, y de pronto,
entre el vértice de la cama y ese espacio de pared que nadie nunca había visto,
apareció el cuadernito destellante, de tapas amarillas.
Se sentó en la cama de una plaza,
ahora habitada de ropa doblada, papeles separados por tema y tamaño y toallas
secas. Doblé sus piernas, notó un leve temblor en las manos, leyó: año 2001,
tres páginas diarias. Cerró los ojos y supo que esa lectura le abriría a tajos
el pecho, le traería su mismo ser, anterior, otro, quién había sido antes de la
navegación y del tiempo. Tomó coraje y lo abrió. Febrero de 2002: “nadie en la
calle. Sólo los que revuelven la basura y yo, con 15 pesos en el bolsillo y el
futuro a mis pies”.
Mami, tengo hambre, dijo su
pequeño mientras caminaba hacia ella, con ese camión con acoplado magullado
pero lindo que adoraba y llevaba de un lado a otro. Acá vení amor, ahora
preparo algo. Nos quedamos acá mamá?- sí, sólo un tiempito, en un mes o así
arrancamos a una casita nuestra. Qué bueno, ma, esta casita es un lío.
Mientras le acaricia el pelo cobrizo a su hijito, lee en el
cuaderno el extracto de la poesía: vuelvo a pintar lsa flores de mi juventud, sin temor, ya nunca podrán decirme, estas no son horas, veo amanecer como una mujer no como una joven temerosa, de la ley tu ley, el acero de esta luz para una mujer sola, que no debe temer sino decidir".