jueves, 12 de diciembre de 2013

Espantapajaros

Porque caminás como un loco, por el borde de la vereda, parece que vas a estallar contra el pavimento, en cualquier momento sucederá que la más pequeña piedra, indócil cosita, se tope con tu pie, o a la inversa, y caerás de rodillas o hacia el borde. Y el pavimento quizás te arrastre, como un río.  Pero no sucede, seguís así, hasta que se te baja la ira y el miedo y la baba para de caer por las comisuras de tu boca. Te sentás en el escalón de alguna puerta y desde ese rincón, con los codos apoyados sobre tus dos rodillas, mirás alrededor y no ves casas o autos, la vereda se te desdibuja y antes que el pavimento, se presenta ante tus ojos el amplio río Paraná, corriendo de izquierda a derecha, con algo de espuma, con un ruido hermoso y el trinar de los pájaros. Y llorás.

Las lágrimas llegan desde el fondo del tiempo. Desde una lastimadura molesta, desde un corte profundo y certero. Ya no verás ese paisaje nunca más. Misiones en enero, la selva cayendo sobre el agua y el silencio en forma de chicharra… tus piernas jóvenes, tus pies fuertes, tu cuerpo como lámina, como luz cortando el verde, corriendo hacia el agua. Quién sabe qué verás de ahora en adelante. Tu pensamiento te devuelve a estas calles.

Adonde ir no es una pregunta, no es una pregunta con quién hablar. Todo eso lo sabés. La pregunta es cómo, con estos zapatos, con estas ropas de espantapájaros, disimular normalidad, pasar desapercibido, caminar derecho, no dar pistas de esta locura. No tenés documento de identidad, idiota, adonde pensás ir. Están jugando con vos, de nuevo te agarran y cagaste, por no tener documento y por usar estos zapatos terribles mocasines marrones, dos talles más grandes y este pantalón que te llega hasta los tobillos que se asoman sin medias y nadie nunca habla con desconocidos. Menos ahora, en estos días. Vos tampoco hablarías con esto que sos: requecho, medio hombre. No podés estar feliz, ni triste. Llorás por tu río Paraná o llorás por vos o por los que se quedaron. No te preguntas adonde ir. Sabés adonde. Vas irguiéndote, levantando la cabeza, el pescuezo, estás en la calle, es Buenos Aires, podés reconocer el paisaje. A pocas cuadras de allí, volteando en la próxima esquina hay un bar. 

Nunca pensaste en el calzado. Era un dato. Ni buscaste los mejores zapatos en ningún lado. Era una cuestión de practicidad. Ahora te pusieron estos que no sabés de quién son y te encontrás trastabillando. Otra vez caminando demasiado rápido, como para pasar desapercibido. Pero entras al bar. Vas hasta la barra, pedís un cospel y te lo dan. El teléfono público está en un rincón, entre la barra y el sector de los baños. Levantás el tubo, metés el cospel, que cae con su sonido a metal, marcas pero de pronto ves algo que te asusta: Él te mira con ojos mórbidos y destellantes, sabe de vos todo y te va a llevar a otra desgracia. Tardás en reconocer esa imagen como tuya, ese es tu fantasma, el primero en los años que vendrán, cortas, y hacés todo de nuevo. Esta vez  no mirás al espejo, esa imagen no puede ser la tuya.  Hola negrita, puedo ir a tu casa. No te asustes, estoy bien.

Colgás salís a la calle. Tomás un taxi. El chofer te mira constantemente por el espejito retrovisor. No no te lo estás imaginando, es así, te mira y aunque tratás de no mirar para que no sospeche, tu inquietud gobierna la mirada y lo ves mirarte, y te decís que no lo vas a volver a mirar no sea cosa que sospeche, se arrepienta, te tire del auto, te lleve a la comisaría, no sea cosa que… y llegás a lo de la Negrita, que abre la puerta apenas siente estacionar el auto, y sale con dinero y vestida así nomás, porque es domingo y no hay que ir a trabajar. Y paga, y te mete adentro de la casa. 


Y la casa es irreconocible. Da pena entrar con esta facha. La casa parece otra. Hace mucho que no ibas a lo de tu hermana. Desde la cocina sale el gordo con la beba a upa. La beba está agarrada del hombro del padre. Te mira y esconde la cabeza. La beba no te reconoce, porque nunca antes te vio. Y de todo lo que venís pasando, lo que más lamentás es no haber ido a la clínica a esperar a tu primera sobrina. Tarado, dice una voz interna, hiciste lo mejor que pudiste igual te agarraron. Tarado, te perdiste de todo. Respondés que no sos tan tarado, que estás vivo. Ahora la beba te sonríe y vos le estiras los brazos, ella acepta ir upa tuyo. Le das un beso y por un segundo te olvidás de esos zapatos.

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